Manolo

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Uno de mis vecinos, es un señor de unos 50 años que se llama Manolo.

Siempre le veo solo, sentado en una silla que coloca a la salida de su garaje, mirando al mar. Cuando me ve pasar, le saludo con la mano; él me saluda moviendo el mentón de su barbilla hacia arriba y sigo mi camino.

Manolo no es de hablar, sólo habla cuando cree que es necesario.

La primera vez que me habló fue el día que me veía ir y venir de la playa, cargando cestos de leña: mi intención era hacer una buena reserva de leña en el cobertizo porque se acercaba una semana intensa de lluvia. La leña mojada, calienta menos.

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¿Por que no usas la carretilla? —me preguntó.

Esa fue la primera vez que me habló. Porque a sus ojos, evidentemente, estaba haciendo el gilipollas haciendo tantos viajes a la playa sin necesidad. En la carretilla cabe lo que cabe en cuatro o cinco cestos. Lo que pasaba es que en mi cabeza cuadrada de tío que acaba de llegar de la ciudad, no había un recurso que se llama carretilla porque jamás había tenido que llevar una. Era tan evidente que había estado haciendo el gilipollas haciendo tanto viaje, que no supe qué contestarle a Manolo hasta pasado unos segundos.

Es que estoy haciendo ejercicio —le dije— Cargando cestos quemo más grasa.

Y desde que Manolo cerró su garaje y se metió dentro de su casa, fui corriendo a por la carretilla que mi casero guarda en el cobertizo (y que veía cada día).

Hoy fue la segunda vez que Manolo me habló. Se acercó justo cuando yo cortaba leña y el casero me preguntaba si estaba todo bien en la casa:

Todo perfecto, no quiero irme de aquí jamás —dije—. Lo único malo que le encuentro a la casa es que las paredes son muy gruesas. Sé que es por evitar la humedad del mar. Pero me gustaría escuchar al mar mientras duermo o escribo.

¿Y por qué no abres la venta? —preguntó Manolo.

Tenía razón. Ya no hace frío por las noches. Si no escucho de fondo el mar todo el día y toda la noche es porque soy gilipollas: porque no se me ha ocurrido la complicada solución de abrir la puta ventana.

El casero se me quedó mirando fijamente. Manolo también. No supe qué contestar. Entonces lo supe: lo vi en sus miradas: oficialmente soy el tonto del pueblo.

Rafael FernándezEscrito por:

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Lev Tolstoi (autor de “Guerra y Paz” o “Ana Karenina”) también escribía sus propios “Diarios secretos”. Unos diarios repletos de excesos donde confiesa sin pudor que torturaba a sus siervos hasta matarlos y que violaba a sus mujeres… Imaginad cómo sería salir de juerga con este señor.

“Maté en la guerra, libré duelos en los que maté a mis adversarios, perdí a las cartas, eché a perder el trabajo fruto del sudor de los campesinos, los castigué cruelmente, me corrí juergas con mujeres fáciles y engañé a muchos hombres. Mentira, robo, adulterios varios, ebriedad, violencia, asesinato… No hubo delito que no conociera.”

Tolstoi nació en el seno de una familia acomodada. En 1862, él tenía 34 años y se casó con una atractiva jovencita de 18 años. Porque de toda la vida a las tías les va el dinero. En la noche de boda, antes de tirársela, sacó su “Diario secreto” y le hizo leer su extenso historial sexual, repleto de vejaciones y perversiones. Su esposa también tenía un “Diario secreto”. Al día siguiente escribió en él que el nauseabundo ejercicio de transparencia de su marido le había hecho sentir “asco”.

Tras el matrimonio Tolstoi experimentó una crisis de mediana edad. Renunció al sexo, a las borracheras, al tabaco y hasta a comer carne: se hizo anarquista cristiano. Estas cosas suelen pasar en la madurez, justo cuando la polla te empieza a fallar. Mientras la polla funciona no piensas en hacerte anarquista cristiano a no ser que te funcione mal la cabeza. Tolstoi empezó a vivir según las enseñanzas del Nuevo Testamento pero jamás iba a la Iglesia porque no creía en ella. Así que, ante su gran popularidad, las autoridades eclesiásticas decidieron excomulgarlo en 1901 por el mal ejemplo que proporcionaba a los fieles. Tolstoi regalaba su dinero para tratar de enmendarse y recibir el perdón de sus sus siervos: donándoles tierras y parte de su fortuna.

Cuando Tolstoi ya tenía 82 años su esposa estaba alarmada ante tanta generosidad sin fin. ¡El viejo la iba a palmar y ella iba a quedarse sin nada! Empezó a perseguir a Tolstoi cuando salía a la calle, a espiarlo con gemelos de teatro. Cuando Tolstoi descubrió que su esposa le espiaba se indignó, se fue de casa en plena noche. Dejó esta nota:

“Me dispongo a hacerlo que mucha gente de mi edad: abandonar este mundo para pasar mis últimos días en soledad y silencio”

Por desgracia para él no pasó sus últimos días en soledad y silencio. Sus últimos días los pasó en una estación de tren, dónde se derrumbó a causa de la fiebre. El 20 de noviembre de 1910 murió entre escalofríos, en el suelo de la oficina del jefe de estación. Sus últimas palabras fueron:

“Pero los campesinos… ¿Cómo mueren los campesinos?”

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Mi primer single: “Cada vez que se muere un torero me pongo contento”

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Tenía muchas ganas de sacar esta canción.
No pude resistirme a sacarla a pesar de que sé que me va a traer problemas con muchos amigos, lectores y desconocidos. La compuse en el año 2009 pero hasta que conocí a Álvaro del grupo Nonver que la produjo, mejoró y tocó todos los instrumentos no os la he podido enseñar.
Sé que canto fatal. Pero me apetecía muchísimo tocar los cojones de los torturadores de toros.
¡Va por ellos!:

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“LISTA DE FUTUROS ANUNCIOS”.

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“LISTA DE FUTUROS ANUNCIOS”.

1.-Cerrajero Madrid – HECHO.
2.-Juanjo Conti
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Rafael FernándezEscrito por:

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¿4 euros más para “El peor amigo del mundo”?

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Hola. Si has recibido el email y puedes permitírtelo: GRACIAS POR LA GASOLINA:





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Rafael FernándezEscrito por:

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