Casi conozco a un vecino

Vida

Rafael FernándezEscrito por:

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Cada día salgo a pasear durante una hora y media con mi amiga Anais por el arcén de esta carretera nacional:

Delante de mí, a unos 500 metros, diviso a un hombre. Llevo un bastón de madera. Lo aprieto con fuerza, estoy alerta. El bastón me lo traje de Asturias. Allí lo llevaba por si de pronto me encontraba con un perro rabioso. Aquí, en Sant Carles de la Rápita, lo llevo porque aún no conozco a los vecinos. No sé si hay delincuencia en la zona a la que nos hemos mudado o no. Ni idea si puedo pasear despreocupado, pensando en mis historias. Llevo encima tres objetos de valor: mi iPhone 7, mi cuerpazo sexy y mi cerebro valorado en 3.700 millones de dólares según la última auditoría que me hicieron en Hollywood.
Como Anais y yo caminamos a buen ritmo llegamos hasta las espaldas del hombre. No hay nada de lo que preocuparse. Es un viejo. De unos 60 años. Lleva un ramo de flores en la mano. Se agacha, se pone de rodillas. Ha llegado a su destino. Pobre:

Me mira.
—Lo siento mucho —digo apenado.
—¿Lo sientes? ¿Qué vas a saber tú? ¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida!
Soy escritor. Tengo antenas. Presiento que estoy frente a una buena historia. Hace tiempo que sé que cada persona que encuentro en mi camino es un ayudante que me ha enviado El Rey del Cosmos. Nunca me topo por nadie por casualidad. Las personas con las que me encuentro o me prueban como persona o me aman. Aparte, todas las personas son material literario para mí. Le pregunto:
—¿Aquí murió algún pariente suyo o un enemigo? No entiendo.
—Ni una cosa ni la otra, joven. Aquí morí y nací yo.
Lo miro sonriente:

—¿Es usted un fantasma? —bromeo.
El viejo me devuelve la sonrisa:

—Yo antes era un completo subnormal. Un prepotente. Un chulo. Tuve un bestial accidente aquí mismo. La vida me golpeó. Pero de una forma curativa.
El viejo se levanta el bajo de sus pantalones. En lugar de piernas tiene prótesis.
—No te voy a contar como era mi vida antes porque en mi cara están escritos todos mis vicios, tristeza y alegrías. A lo largo de la vida acumulamos lo bueno y malo. Nuestros rostros y cuerpos reflejan la vida que llevamos. Por la culpa de la bebida calculo que habré perdido unos diez o veinte años de vida. Pero lo más importante es que en el hospital entendí que el borracho que padece de cirrosis del hígado se la ha elegido él solo. Antes del accidente me drogaba, bebía, peleaba, tratando de hacer ver a todo el mundo que era el hijo de puta número 1 de Sant Carles de la Rápita. ¿Para qué vivir ahora? Me preguntaba a mí mismo en el Hospital.
—¿Y qué se contestó?
—Que con salvarme a mí mismo tenía suficiente. Que con salvarme ya iba a demostrarle a todo el mundo lo valiente  y fuerte que era. Me pusieron las prótesis. Eso me hizo humilde. Me volví modesto y… alegre. Porque supe que si no llega a ser por ese accidente me hubiera secado como una rebanada de pan. Me casé con una buena mujer, tuve cuatro hijos, monté una empresa de montaje de cocinas y ahora soy muy feliz. A veces la vida golpea pero, algunas veces, los golpes son curativos.
—Vencer una adicción es muy difícil—le digo para que siga hablando. Estoy contento. Parece que por fin voy a tener un amigo en Sant Carles.
—Sí. Porque las pasiones hierven, borbotean. Son un horror. Pero no paraba de pensar lo absurda que era mi vida antes. Y conseguí salir. Así que ahora cada año vengo caminando desde mi casa hasta este lugar. Con un ramo de flores que pongo al desgraciado que murió aquí y al buen hombre que nació aquí. A ese buen hombre se lo debo todo.
Quedo callado.
Es una historia maravillosa.
Estoy emocionado.
Quiero ser amigo de ese hombre.
Seguro que tiene más historias que contarme, que enriquecerán mi persona y mi blog.
—¿Le apetece tomar una cerveza conmigo? Yo invito —le digo sonriente.
—¿Eres gilipollas? —me pregunta muy enfadado— ¿Es que no escuchaste que antes era alcohólico? ¿De verdad que quieres que me tome una cerveza y jodérmelo todo? ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
—Ehhh… Coño.
Aprieto el bastón, el paso, tiro de la correa de Anais: me voy a paso ligero de allí.
“Joder —pienso— si ni siquiera me gusta la cerveza”.
Y pienso que lo dije porque deseo seguir sin conocer a nadie. Porque en el fondo, muy en el fondo, todo el mundo me cae muy pesado. O quizás no quiero volver a hacer amigos. Luego, cuando nos vayamos de Tarragona, tocaría despedirse y eso es algo muy, muy doloroso para un tío sensible, genial y subnormal como yo.

One Response to " Casi conozco a un vecino "

  1. Juan dice:

    En realidad esa es tu futura tumba cuando en uno esos paseos te encuentres a un borracho que te lleve por delante, que poco respeto por la vida.

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