Sombras en tu propia casa

Vida

Rafael FernándezEscrito por:

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En la escuela me pegué por Michael Jackson un par de veces. Mi archivador estaba forrado con fotos de mi ídolo, actuando con mucha magia en el Bar Tour.
—¡Es un pedófilo! ¡Es un pedófilo! —me gritaba para joderme Ahmed, un compañero de clase.

—¡Y tú un moro de mierda! —le advertí.

Yo no era racista. Le llamé así porque a Ahmed le acomplejaba ser moro, nos lo había contado. A finales de los 80 los moros no eran peligrosos, como ahora. Entre la Reconquista y el 11- S hubo una época tranquila en la que ser moro era sólo algo cómico. Si un moro salía en una película, lo hacía principalmente con la raya de los ojos pintada y ataviado con un turbante para tocar la flauta frente una serpiente encantada. Ahora, en las películas, suelen salir siempre con cinturones de explosivos o planeando secuestrar un avión. No sé si, de cara a su masculinidad, los moros han salido ganando.

La madre de Ahmed era española, su padre musulmán. Su madre quiso llamarlo Alberto. En cambio, su padre quiso llamarlo como él.

—Si me hubieran llamado Alberto, nadie sabría que soy medio moro —nos contó, apenado, una vez en el patio del colegio.

Peleando, Ahmed y yo nos revolcamos por el suelo. Él me tiró del cabello, como las niñas y yo comencé a estrangularlo con fuerza, como los psicópatas. A mí, en el instituto se me conocía como Norman Bates, el protagonista de Psicosis. Estaba a punto de cometer un asesinato y salir en las portadas de los periódicos por primera vez en mi vida, cuando la profesora de latín nos descubrió: comenzó a gritar pidiendo ayuda, enseguida apareció el profesor de diseño, que se la quería follar. Nos separó tratando de hacerse el héroe. Realmente yo no buscaba matarlo, sólo dejarlo sin sentido.

Siempre me estaba peleando con Ahmed. Me sacaba de quicio cuando decía que MC Hammer bailaba mejor que Michael Jackson. Otras veces nos peleábamos porque la chica que me gustaba, Ana, una leona de cabello rizado con grandes tetas, lo eligió a él en lugar de a mí.

La vida de Ahmed tenía otro detalle humillante del que nunca quise reírme a pesar de lo mucho que, gratuitamente, quisiera joderme. Cuando nació su madre lo vestía como a una niña. Le ponía pendientes, trajes de encaje color rosa. Lo llamaba Alicia. Lo hizo sólo durante unos meses, hasta que el padre de Ahmed montó en cólera y abofeteó a la madre, con la excusa de que iba a convertir a su hijo en un travesti. Sus padres eran personas extrañas. Nunca permitieron que les viéramos. Siempre que nosotros, los amigos de clase de Ahmed, íbamos a su casa, a jugar o a buscarlo para jugar o a pasar el rato, sus padres se escondían de nosotros. Se encerraban en una habitación y nunca permitían que les viéramos: actuaban como sombras en su propia casa.

Nunca quisimos incomodar a Ahmed preguntándole por qué sus padres se comportaban así. Ni siquiera hablábamos sobre ese extraño comportamiento entre nosotros. Nos parecía raro pero aceptábamos la situación como sólo saben hacer los niños: con naturalidad y respeto. Si esos adultos se comportaban así sus razones tendrían. No debíamos meternos.

La casa de Ahmed me encantaba. Estaba llena de polvo, era inmensa, de altísimos techos,repleta de aparatos antiguos, radio cassettes estéreo que no funcionaban, planchas, órganos Casio, aparatos de vídeos VHS… Para mí era como una casa abandonada, encantada, en la que sus padres eran fantasmas y Ahmed el único niño que podía verlos.

A pesar de lo mucho que nos peleábamos, por mucho asco que nos teníamos, Ahmed y yo éramos amigos inseparables:

—¡Has metido un gol en propia puerta, subnormal! —le dije con los ojos inyectados en sangre.

Estábamos jugando la final de fútbol del instituto, a la hora del recreo. Nosotros éramos mejores, durante todo el torneo me revelé como el máximo goleador. Metía los goles con una facilidad pasmosa. Pero hoy no conseguía jugar como otras veces. Todo el instituto había venido a presenciar el partido. Incluidas las chicas que me gustaban. Yo era virgen. Para colmo había decidido jugar con una camisa hippy, de colores llamativos, que había comprado en el Rastro y que pensé que, tras el partido, tras meter siete goles, iba a poner de moda en el instituto. Yo sabía que la gente guay que hacía cosas guay marcaba la moda. Yo quería ser el más guay del instituto ese día, tenía todas las papeletas. Pero, con todas esas chicas mirando me movía como una inofensiva mariposa por el campo de fútbol. Cada vez que avanzaba con la pelota miraba a las chicas para ver si me estaban mirando y un chico del equipo contrario me quitaba el balón. 

Las chicas eran el misterio que más me interesaba en el mundo. ¿Cómo sería besarlas? ¿Cómo sería tener novia? ¿Cómo sería tocar un par de tetas? ¿Y el conejo? Para colmo, Ahmed, tratando de despejar la pelota, acababa de meter un gol en propia puerta.

—Lo siento —me dijo apenado— Estoy descentrado. Es que Ana me ha dejado.

—¿Por qué?

—Se enfadó ayer, porque cuando la acompañé a casa intenté tocarle las tetas mientras nos morreábamos. Insistí. No me dejó. Se enfadó mucho. Me dijo que ella no era una puta y que no le volviera a hablar en la vida.

—¿Pero os besabais? —pregunté con envidia.

—Sí.

—¿Con lengua?

—Sí.

—¿Y no te dejó tocarle las tetas?

—No.

—¿Pero por dentro de la camisa o por fuera?

—Lo intenté por fuera pero no me dejó. Me agarró los dedos con fuerza, me los retorció y me hizo mucho daño.

Miré a Ahmed, apenado. Cada día que pasaba las niñas eran un misterio mayor para mí. Se suponía que cada día nacían millones de seres humanos por el mundo. Y para que eso sucediera millones de hombres tenían que meter el pene dentro de las vaginas de las mujeres ¿Pero que había que pasar para que una mujer te permitiera eso si ya teníamos 16 años y ni siquiera se nos permitía palpar una teta? ¿Sólo las mujeres locas te permitían introducirles el pene?

Echaba de menos tener papá o mamá para que me informaran de primera mano sobre aquel asunto. Mis abuelos hacían lo que podían pero éramos una familia que no estaba unida. Mi abuela estaba casada con la Iglesia. Mi abuelo no nos hablaba. Mis tíos pasaban de mí. Mi lugar habitual en la casa era el pasillo. Sentado en el suelo, sobre un cojín. Solo. Intentando descifrar el mundo por mi cuenta.

—No se dejan tocar —me dijo Ahmed un día— Porque sus padres les echan un rollo que te cagas, hasta traumatizarlas, sobre que nunca deben permitir que nadie les toque.

—Mi abuela —le dije— también me dice que no debo tener novia hasta que sea mayor pero… ¿no sienten lo que nosotros sentimos? ¿Esas ganas? ¿Cómo la controlan?

Nunca había tenido novia. Sin contar a mi hermana, nunca había besado a ninguna chica en los labios. Mi hermana es cuatro años mayor que yo. Cuando yo tenía unos seis años, antes de que mi madre muriera y mi padre nos abandonara, mi hermana entró, con un papel que arrancó de una libreta, en el salón de la casa en la que vivíamos, mientras yo estaba dibujando. Me contó que las chicas de su clase se reían de ella porque era la única que nunca había besado a un chico en los labios. No podía mentir sobre el tema porque estudiaba en las teresianas, un colegio ultra religioso, y las compañeras le hacían jurar y no se atrevía a mentir y condenar su alma. Así que me pidió, por favor, que nos diéramos un beso en los labios, pero colocando el papel de la libreta entre nuestros labios, para no tocarnos de verdad. Yo no quise, ella insistió. Me puse a llorar. No sé por qué, yo veía sólo películas de Disney, no leía dramas victorianos retorcidos en los que los hermanos copulaban los unos con los otros, pero algo dentro de mí me decía que besar a mi propia hermana en los labios era algo enfermizo. Sin embargo, al ver a mi hermana tan desesperada, tuve que ser un hombre por primera vez en mi vida y darle el beso, con sólo una hoja de libreta separándonos. Tras el beso, vi a mi hermana muy aliviada, rebosante de felicidad.

—Ahora podré jurarles a mis amigas que he dado un beso en la boca a un chico. Eso sí, nunca les diré a quien —dijo satisfecha— Eso no se los diré.

Yo fui a lavarme la boca al baño y jamás, jamás, mi hermana y yo hemos vuelto a hablar de lo ocurrido.

Perdimos la final de fútbol.

Jamás he vuelto a jugar otra. A mis 42 años aún recuerdo con frecuencia esa ocasión perdida con angustia y, con humillación, la camisa hippy que me puse y que, desde que llegué a los vestuarios, tiré a la basura. Aún, a mis 42 años, de vez en cuando aprieto mis puños con fuerza y maldigo, frustrado, por esa final perdida.

Poco días después, se me acercó Ana:

—¿Quieres que seamos novios, Rafa?

—¿Qué? —pregunté sorprendido.

—Estaba entre tú y Ahmed. Todas las chicas me decían que te elegirán a ti, mil veces antes. Pero elegí mal. Lo siento. ¿Quieres ser mi novio?

Temblé de emoción. Decirle que sí molestaría a Ahmed, traicionaría nuestra amistad, pero lo que yo iba a obtener a cambio, meter la lengua dentro de la boca de una chica y que esa chica metiera su lengua dentro de la mía, era algo demasiado alucinante para dejarlo pasar. Mis escrúpulos me pedían que no la besara. Aquella lengua se había rozado con la lengua de Ahmed. Quizás aún habían células de Ahmed dentro de la boca de Ana. Besar a Ana era también, besar un poquito a Ahmed. Yo era el segundón. El segundo plato. Pero la lujuria, la erección de mi pene, hizo que no hiciera caso a esas voces . Le dije que sí. Esa misma noche caminamos hasta el parque Doramas, a la salida del instituto. A un lugar oscuro. Para darnos el primer beso y sellar, para siempre, nuestra relación.

En un banco del romántico y oscuro parque, nos sentamos el uno frente al otro. Nos miramos, dispuestos a besarnos. Aparecieron tres personas. Una mujer, acompañada de dos hombres. Sus caras estaban tapadas con pasamontañas. El más corpulento de ellos me agarró. Intenté gritar pero el hombre me tapó la boca mientras le dijo a los otros, que tenían agarrada a Ana:

—¡Venga! ¡Venga! ¡Ahora!

Ana estaba aterrorizada, no sabía resistirse. Me miraba para que la ayudara, yo lo intentaba, pero el hombre que me agarraba era un adulto y yo sólo un adolescente flaco y flojo. La mujer del pasamontañas le subió la camisa a Ana. Con facilidad pasmosa le quitó el sujetador y agarró las manos del otro hombre, guiándole hasta las tetas de Ana. El otro hombre se las tocó durante unos minutos, se las apretó con ganas, hasta que Ana reunió el valor necesario para comenzar a gritar. El asunto no duró ni un segundo más. Recibí un empujón, caí al suelo, dejaron a Ana y salieron corriendo.

Mi relación con Ana terminó justo en ese momento:

—¡No me has defendido! —alegó.

Al día siguiente, todo el instituto hablaba sobre el asunto. Vino la policía. Me hicieron mil preguntas. Nunca les dije de lo que estoy convencido. El hombre que le agarró las tetas a Ana era Ahmed. Quienes le acompañaban, sus padres. Si nunca lo dije fue porque era la primera vez que veía a una familia tan unida.

Y me pareció precioso.

He tratado de localizar a Ahmed por Google y por las redes sociales. Para decirle, tras tantos años después, que siempre supe que había sido él. Para ver qué me dice.

No lo encuentro. Es como si no existiera. Como si se hubiera convertido en otra sombra de su propia casa.

6 Responses to " Sombras en tu propia casa "

  1. Alejandro dice:

    Sos muy bueno RAFA!!
    Que paso con la charla q ibas a dar en Barcelona?

  2. Sarasate dice:

    Ezcritor en estado puro. Relatos como este son los que hacen que seas un escritor digno de pasar a la posteridad.

  3. Slbly dice:

    Fantástico.
    Otro relato para el recopilatorio que tienes que hacer. Yo creo que ya te da para dos volúmenes.
    Jaja, MC Hammer baila mejor que M. J., era para pegarle.

  4. ahmed dice:

    Hola soy ahmed.

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